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octubre 2, 2026

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Reflexiones de un viejo columnista novato

Por estos tiempos, cuando el calendario Gregoriano nos dice que hemos cumplido un ciclo llamado año y casi sin darnos cuenta seguimos sumando días a la línea temporal que inexorablemente nos lleva al límite de nuestro viaje, algo incorpóreo nos invita a reflexionar sobre lo hecho o lo dejado de hacer.

Algunos dicen, que nos estamos volviendo viejos y patéticamente sensibles; puede ser, no entraré a discutir esa teoría de quienes aún acarician el “Divino Tesoro”, como le llamó el poeta Rubén Darío, a la juventud.   

Igual, muchos de nosotros repasamos las hojas e hicimos balances, algunos de los cuales nos dejaron más preguntas que respuestas, pero eso nos sirvió para fijar metas, reorganizar propósitos o tratar de transformar conductas.  

En el caso particular, uno de los temas que dio y sigue dando vueltas en mi cabeza, es el de escribir, escribir columnas de opinión, algo que, si bien en el pasado hice de manera esporádica, recientemente le he puesto más empeño.

Todo a pesar de 35 años de actividad periodística, durante los cuales le he dedicado más tiempo a los medios audiovisuales; sin embargo, hoy los hechos, los cambios tecnológicos y hasta el desencanto de que la gente oye, pero no escucha, ve, pero no observa, me llevaron a teclear sobre las realidades de nuestra región.

Confieso que, como diría un amigo, para mi es una tarea “peliaguda”, porque no me es fácil escribir, repito: llevo más de 30 años siendo hombre de palabras, bien en radio o televisión, en donde la enrevesada ortografía no está halándome constantemente las orejas.

Algo así, como cuando usted, después de muchos ciclos gregorianos, llega a una nueva empresa y tiene que adaptarse a procesos diferentes y, sobre todo, sintonizar adecuadamente con su jefe, sus compañeros y hasta con el oficial de vigilancia.

En este caso, nuevos procesos de fondo, forma o estilo, y esperar que las tildes, las comas, los puntos y demás compañeros de causa, estén en el lugar adecuado.

Pero, en el cuento me metí y todo parecía ir bien, hasta que quienes aún acarician el “Divino Tesoro”, me sembraron la preocupación.

Uno a uno mis sobrinos, y ya perdí la cuenta de cuántos tengo, me dijeron que debía leer las columnas para presentarlas en redes sociales: “Tío, le sugerimos adaptarse a lo actual, hoy a la gente no le gusta leer y si sumercé no lo hace, paila”.

Tanto insistieron ellos y algunos amigos con el tema, que les prometí hacerlo a partir de este 2025 y aunque con los nervios y las inseguridades del novato aquel quien en 1989 se enfrentó, por primera vez, a una cámara de verdad, en el noticiero Cinevisión, voy a hacerlo, no importa si en el intento la tecnología me ajusticie o solo me vean mis hijos, mi señora y de pronto mis sobrinos. Voy a hacerlo y comienzo con esta columna, escrita en medio de mis dudas e incertidumbres.

Y la remato, como ellos, mis sobrinos, me explicaron: Si les gustó, compártanla y dejen sus comentarios; si no les gusto, también.   

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