Cuenta la leyenda, que a estas tierras que hoy pisamos, llegó hace mucho tiempo un grupo de hombres desalmados, que enceguecidos por la sed de riqueza aniquilaron todo lo que a su paso encontraron. Se llevaron el oro, despojaron a nuestros ancestros de sus pertenencias y mancillaron su honor.
Esa misma leyenda sostiene que, en medio de tamaña barbarie a nuestros antepasados, espiritualmente respetuosos de la madre tierra, de sus normas, de su integridad de conciencia, no les quedó otra alternativa para sobrevivir que adoptar comportamientos inmorales.
Basados en ese análisis y como lo escribiera el profesor Tito Méndez, en el Semanario Universidad: “la malicia indígena invoca un acto de salvación o supervivencia; es decir, trasciende el significado común y lo convierte en justa causa”.
A partir de ahí, pasó a ser un acto “heroico” digno de admiración, todo aquel que con éxito burla la regla, saca provecho de algo y pisotea los derechos de sus conciudadanos, hinche su pecho como paloma ante la admiración y aceptación de quienes lo advierten, pero que sin decir nada, se convierten en sus cómplices.
Y entonces, nos volvimos expertos en la materia, pero ya no para evadir una fila o violar una norma de tránsito, sino para convertirnos en PhD de la trampa, estafa, engaño o similares.
Ejemplos, muchos, pero el más reciente, al menos entre nuestra “arcaica” sociedad, tiene que ver con la investigación de la Personería de Tunja, que se hizo pública a finales de la semana pasada, en la que se revela que una integrante del gabinete del alcalde Mikahil Krasnov, habría falsificado documentos para posesionarse en el cargo.
Para muchos ciudadanos distraídos, tal vez ocupados por mantenerse a flote en medio de la agobiante situación económica actual, es algo novedoso, pero que seguramente no les distrae su ritmo de vida. Para otros pocos, es simplemente el salir a flote de lo que llaman un “secreto a voces”, porque en medio del sinnúmero de escándalos que, en tan solo cinco meses de actividad, han rodeado a la actual administración de la capital boyacense, ese es el ritmo más sonado.
Además, porque no es la primera vez que se escucha; si en el pasado alguna entidad de control hubiera cumplido su papel con simpleza, como parece lo está haciendo la Personería de la capital boyacense, muchas dependencias habrían quedado casi como en pandemia.
Pero igualmente, porque no es solo tema de la alcaldía de Tunja, el runrún sobre impostores académicos es tan recurrentes que cubriría más páginas que el antiguo y nuevo testamento juntos, o si no, recuerden el capítulo uno versículos 2016 a 2019 de la gobernación de Boyacá; variedad de “parábolas” que revelaban versiones de quienes con total descaro ocuparon altos cargo, pese a que nunca pasaron por las aulas universitarias.
Lo que pasa, y retomando la noticia sobre la suspensión de la secretaria de la Mujer de Tunja, es que, en este entuerto todo indica que la “malicia indígena” se sobreactuó, porque más allá de la posible falta de quien falsifica un diploma, alguien quiso pasarse de vivo y desapareció los documentos requeridos como evidencia por la Personería. Tema grave y complejo que lleva al menos a un par de interrogantes:
¿Al interior de la administración se sabía de la falta y quisieron ocultarla al desaparecer los documentos?
¿La administración no sabía, pero alguien al interior de la misma se dejó sobornar para desaparecerlos?
Para resolverlos, será necesario explorar al interior del Departamento Administrativo de Gestión de Bienes, Servicios y Función Pública, responsable, no solo de la custodia de la documentación, sino de constatar la autenticidad de los mismos. En otras palabras, estaba en la obligación de certificar o no, si la funcionaria cumplía con los requisitos exigidos para el cargo, y salvaguardar los documentos que le fueron entregados para tal efecto.
Como el mencionado despacho, sin o con intención, no cumplió ni con el uno ni con el otro deber, se hace necesario un riguroso análisis y atención de parte de los entes de control, para que asuman ese papel y verifiquen la contratación de personal que adelanta la administración Krasnov, ya que las denuncias no solo hablan de los que sin tener el titulo exigido han sido incorporados, sino de aquellos que pese a tener los estudios, no cumplen con la experiencia para el cargo.
Mejor dicho, como pregona el alcalde, que al parecer se está ahorcando con su misma soga, llegó la hora de ponerle tatequieto a tanto “avispado” que quiere, gracias a su extraordinario conocimiento y capacidad en “malicia indígena” seguir dándoselas de vivo.
