Para muchos, la salida de Julián Galvis como presidente ejecutivo de la Cámara de Comercio de Tunja, información esperada por varios sectores de la ciudadanía, es el fin al penoso camino por el que ha tenido que transitar la entidad en los últimos días, por cuenta de los constantes escándalos ante supuestas irregularidades en su manejo.
Lejos de la realidad esta percepción, porque la noticia mediática de la salida de Galvis, solo pone un velo a lo que realmente importa, y es la reconstrucción de una imagen que unos y otros se han encargado de mancillar.
Unos, y lo saben a ciencia cierta, porque aprovechando los hilos e influencias que mueve una organización de este talante, la han usufructuado al máximo para sus prósperos intereses particulares, eso sí, haciendo ver las cosas como ”legalmente” válidas.
Otros, porque se han prestado como peleles, para servir a esos intereses, a cambio de algunos mendrugos que le sirven para sacar el pecho y alardear entre las castas sociales de Tunja.
Y los últimos, quienes, aunque seguramente no compartían eso que estaba pasando debajo de la mesa, no hacían, ni hicieron nada para solucionarlo. Tuvo que surgir un escandalo nacional con el que se trapeó el nombre de la Cámara de Comercio de Tunja, para que reaccionaran.
Bueno, ya se fue el presidente ejecutivo, ¿y ahora qué? ¿sería el único que tenía que marcharse?
¿Quién, o quiénes se van a encargar de desinfectar ese apestoso ambiente, para devolverle a la entidad el prestigio, el reconocimiento y sobre todo la credibilidad entre sus afiliados, o simplemente se trató de cambiar de protagonistas?
Son estos, entre otros muchos, los interrogantes que ahora surgen y que deberán ser resueltos, si realmente la idea era sanear la entidad, de lo contrario de nada habrá servido convertirse en el hazmerreir del país.
