El primer pase que Diego Corredor le hizo a un futbolista profesional, fue en el año 1993, apenas tenía 12 años y ya entraba a la cancha a “codearse” con experimentados jugadores de nuestro balompié, como el guardameta Antonio Toro, quien recibió la pelota lanzada por aquel niño de menuda figura, que hacía el trabajo de recogebolas, en los partidos del equipo Lanceros Boyacá.
¿niño? Sí, ¿Recogebolas? también, pero al fin de cuentas, estaba en la cancha, comenzaba a sentir los aromas del linimento, la presión del público, a acariciar aquella sensación que se anidaba en el fondo de su corazón y crecía como un gran sueño: ser futbolista profesional.
Sueño que ronda la cabeza de miles de niños y por estos tiempos también miles de niñas, quienes se inspiran en figuras de la talla de Lionel Messi, Aitana Bonmatí, Cristiano Ronaldo, Linda Caicedo o Falcao García, entre muchas otras rutilantes estrellas, que brillan en el universo futbolero.
Antes de seguir, una aclaración: para el caso de Diego, él quería ser como sus tíos: tener la gambeta de Armando, la agilidad de Melco (Q.E.P.D.), y hasta la reciedumbre de Julio César; ninguno de ellos llegó siquiera a segunda división, pero sí le sembraron la semilla que lo llevó a luchar por su sueño.
El sueño se fue construyendo con el apoyo de sus padres Ludy y Luis Arturo, porque en estos casos, el respaldo desde casa es fundamental. Tanto, que no fue uno, sino dos, quienes se calzaron los guayos para disputar partidos en primera división; a Diego, se le pegó Iván y los dos patearon el “cuero” en equipos como Deportes Tolima, Independiente Medellín, Equidad y Patriotas Boyacá.
Pareciera una historia sencilla, tipo cuento de hadas, en el que érase una vez dos muchachos, quienes tocaron un balón y se les apareció un genio concediéndoles tres deseos. No, no, no, este es un partido con alargue, tiempo extra y definición desde el punto penal; lágrimas, decepciones, dolor y hasta injusticias, a las que se les deja en fuera de lugar con sacrificio, entrega, disciplina y paciencia.
Esto lo saben muy bien Diego e Iván, quienes vuelven a ponerse la misma camiseta, como cuando actuaron juntos en la selección juvenil de Boyacá, solo que, en esta oportunidad, el objetivo es cincelar las bases sólidas de un proceso que, si bien prioriza lo deportivo, debe estar sustentado en principios y conductas que destaquen valores de comportamiento.
Y es que ahora, ponen su conocimiento y experiencia para ayudar a niños y niñas de la región, a convertir en realidad el sueño de hacerse grandes en el fútbol, a través de la escuela de formación deportiva Independiente del Valle. Tarea nada fácil, pero que cuando se hace con el corazón, es capaz de transformar vidas.
Como se dijo, no solo se trata de enseñar a darle patadas a una pelota, se trata de construir futuro, con el balón o sin él; por eso, el manejo administrativo estará a cargo de la compañera de viaje de Diego, Kelly González Guío, una tolimense con temperamento de santandereana, adecuado para ajetreos de este tipo, en el que orden y rigurosidad son claves.
Pero la cereza del pastel, el nombre que respalda el proyecto, es un equipo profesional que un día, hace 25 años, comenzó a hacerse grande en el futbol, no sin antes rasparse las rodillas durante casi cuatro décadas, pero que una vez tomó vuelo, se ha codeado con los clubes más emblemáticos de Suramérica.
Independiente del Valle, una organización deportiva ecuatoriana, hoy vestida de frac, ejemplo de innovación empresarial, gracias a sus estrategias de planificación, trabajo en equipo y creatividad.
Mejor dicho, el terreno de juego está dispuesto: ganas, conocimiento, pasión, sentido de pertenencia por la región y respaldo para los procesos. Solo falta que este sábado, 1 de febrero, ruede el balón, en la cancha de esta nueva escuela de formación, para que comiencen a crecer los sueños de niños y niñas, sueños que, con dedicación, esfuerzo y trabajo en equipo, se pueden hacer realidad.
